La guerra no frenará al Estado Islámico - José Hamra Sassón
(Publicado por primera vez el 11 de septiembre de 2014 en https://www.tumblr.com/blog/en600palabras).
El Estado Islámico (EI) es la nueva estrella en el firmamento mediático y geopolítico. Desafiante, estableció un califato en Siria e Irak, cuestionando las fronteras artificiales que Gran Bretaña y Francia impusieron al Medio Oriente a finales de la Primera Guerra Mundial. El EI pelea con todos, empezando por los musulmanes que no se rigen por su interpretación de la Shaaría y los Sunnas, las “enseñanzas de Mahoma”. Continúa con todos los infieles, es decir, el resto del mundo.
El EI es producto de la promesa incumplida que Al Qaeda cacareó: “reestablecer” un califato de Chechenia hasta Andalucía, pero acabó promoviendo un membrete. Es producto de la invasión tutelada por Bush Jr. a Irak y del régimen post-Saddam que marginó a los sunitas del poder. También de la descomposición sociopolítica de Siria, cuya población se cansó de la dictadura del clan Assad.
Producto es del invierno de la llamada “primavera árabe” que sólo avivó las contradicciones sociales y geopolíticas en el mundo árabe, que azuzó las calles y que firmó el fracaso de la Hermandad Musulmana en Egipto, movimiento que no pudo ni quiso responsabilizarse del poder que había legitimado en las urnas. Además, el EI es producto de Hamás que ladra pero muerde quedito y que negocia con su enemigo. Claro, es producto también de la pantomima de las negociaciones de paz entre Israel y Palestina.
Pero hay más. El EI, con cientos de combatientes europeos (muchos no árabes que se convirtieron al Islam) es producto de un sistema que rige las vidas del 99% frente al 1% que sigue concentrando riqueza y poder sin pudor alguno. Es producto del movimiento “Occupy” que sacó a los jóvenes a las calles en las capitales europeas, pero los regresó a sus casas para seguir rumiando su encabronamiento. Producto también de Anonymous que se manifiesta en la red apostando por alimentar la marginalidad.
El EI es producto de todo lo anterior porque no se quedó en promesa. Lo que se dispusó, lo hizo: creó un califato que ha puesto en vilo a propios y extraños. Es el enemigo de los enemigos, pero no un amigo. Por eso EU, la OTAN, Irán, Irak, los kurdos, Siria, Arabia Saudita, Qatar y hasta Israel y Hamás colaboran de una u otra forma para hacerle frente a su amenaza: cumple lo que se propone, aunque su objetivo sea condenable y sus métodos detestables.
Posiblemente el EI no dure mucho. La alianza cuasi de jure/de facto TUCEI (Todos Unidos Contra el Estado Islámico) le pondrá un límite por la vía militar. Pero no será suficiente sin atender de fondo las motivaciones que lo engendran: las contradicciones que amplían la brecha 1%/99% en el sistema internacional.
El EI se erige desde el centro del núcleo de un sistema internacional que es incapaz de reconocerse como el principal generador de violencia. El EI es un movimiento que requiere ser frenado por la amenaza que representa y por la forma en que detesta la vida de los demás que encarnan su otredad. La guerra no será suficiente para ponerle un alto ya que alimentará más odio por las muertes de inocentes que aparecerán en la estadística, si acaso, como “daño colateral”.
El EI como actor mantendrá su vigencia, o surgirán otros que seguirán su ejemplo orientado a resultados. El “éxito” en los hechos del EI podría radicalizar a otros actores de la órbita fundamentalista de cualquier ideología: de lo que se trata es competir por la presencia mediática y por nuevos adeptos que buscan respuestas concretas a la frustración de todas las mañanas.
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